¿Qué pasa con las toneladas de hojas que caen cada otoño en nuestros bosques?

por Catalina Espinosa
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Muchas veces admiramos en otoño los colores, las hojas en el suelo que dan una luz especial al bosque, pero rara vez pensamos en qué pasa con esas hojas o en lo vital que es este pulso otoñal para la vida en los ecosistemas terrestres y acuáticos.

Desde la ciencia se sabe que la materia orgánica sustenta la biodiversidad, desde los hongos que colonizan cada hoja caída hasta los invertebrados que la consumen, pero fundamentalmente este pulso es clave en los ciclos de movimiento de elementos entre los seres vivos y el ambiente mediante una serie de procesos, lo que se conoce como ciclos biogeoquímicos.

Los ríos que desembocan en el mar y todos los arroyos menores que afluyen a él componen un sistema fluvial, donde los arroyos de cabecera, ubicados en las partes altas de las cuencas, se caracterizan por ser el segmento de la red donde la interacción entre los ecosistemas terrestres ribereños y el cauce es la más fuerte, y por lo tanto donde ocurre gran parte del procesamiento inicial del material orgánico de origen terrestre. En estos sistemas, y debido al pequeño tamaño de su cauce, la hojarasca que proviene de la vegetación que circula alrededor de las orillas se acumula y es descompuesta por invertebrados detritívoros y microorganismos que se han adaptado a procesarla.

Otro aspecto clave es que este sistema fluvial transporta aguas abajo lo que ocurre aguas arriba. Si ponemos atención a las orillas de los arroyos o lagos en otoño, podemos ver cómo están llenas de hojas acumuladas, incluso cuando no hay bosques aledaños. Este efecto de arrastre de materia orgánica es generado cuando las hojas viajan por los cauces de los ríos y arroyos desde las alturas, alimentando con nutrientes a los sectores situados más abajo de los cauces de ríos. Esta hojarasca se fragmenta y descompone, lo que es un recurso importante para las tramas tróficas (cadenas alimenticias) tanto para los ecosistemas terrestres como también para los acuáticos.

Esto motivó a la investigadora Dra. Anna Astorga del Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia (CIEP) a querer comprender mejor el acoplamiento entre ecosistemas terrestres y acuáticos, a través de un estudio de la descomposición de hojarasca en 12 arroyos a lo largo del gradiente bioclimático de la región de Aysén, el cual ofrece un interesante “laboratorio natural”, gracias a sus abruptos cambios geográficos y climáticos. “Estudiaremos la tasa de descomposición de hojas de Nothofagus pumilio (lenga) en arroyos para una región del mundo que no tiene antecedentes, y así definir un componente crítico en el ciclo del carbono relevante para comprender el funcionamiento ecosistémico de sistemas conectados, tales como lo son las cumbres de las montañas, los bosques y fiordos a través de la red fluvial.

Este proyecto Semilla es financiado por el Programa PATSER-ANID el cual fue asignado a CIEP el año 2020, su ejecución se llevará a cabo en lo que resta de este año e inicios del próximo, y se espera que los resultados aporten a comprender mejor los ecosistemas regionales.

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